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Escolto Raó de viure, l'últim disc de Toti Soler, amb el propòsit d'escriure aquest article a raig, de manera automàtica. A la botiga, quan l'he demanat, m'han dit: “És a la secció de pop-rock nacional”. Les classificacions musicals són absurdes. Primera alegria: sona Sardana flamenca, més continguda de com la recordava d'aquell disc fundacional i fulgurant, El gat blanc. Els aspirants a guitarristes dels anys setanta se'l sabien de memòria i no podien preveure (o sí) que acabaria sent la pedra filosofal de moltes fusions. A la fotografia de la caràtula es veu el músic passejant amb dos nens que potser són els seus néts. Soler sempre ha estat un artista familiar: pare compositor, germà instrumentista, fills còmplices o inspiradors (de Laia o Àlex) i amics reals i virtuals (Ovidi Montllor, Pere Quart, Miguel Hernández, Joan Vinyoli, Màrius Torres, Joan Salvat-Papasseit). Aquesta deu ser la raó de viure: un lloc (Palau-Sator), una vocació (la música, la poesia), una família, un amor (si pot ser), un repertori per ser interpretat tant davant d'una llar de foc com amb espardenyes i vora del mar i uns quants fidels que, cada cop que fa un disc, correm a comprar-lo per injectar-nos a la vena una manera profunda, transparent i reconfortant de fer música. Tot i que no té veu, Soler canta, i, quan se n'atipa, busca algú que canti per ell (si pot ser un àngel enganyosament fràgil, millor). Toca una guitarra del luthier suís Philippe Jean-Mairet. Les guitarres són un perill. Els casinos tenen una llista de ludòpates a qui no deixen entrar. Les botigues d'instruments també n'haurien de tenir i prohibir-me l'entrada. Una vegada vaig anar a Palau-Sator a entrevistar Soler. De camí, vaig avançar un ciclista que s'assemblava a Lance Armstrong. Vaig frenar per comprovar-ho i, en efecte, era ell. Soler s'acabava de llevar i tenia lleganyes a les paraules. Vam parlar poc, per timidesa i perquè, de fet, jo només volia fer-me una idea d'on vivia el compositor d'Em dius que el nostre amor, que és una de les cançons que més m'agraden. Fa uns mesos, me'l vaig trobar pel carrer i el vaig saludar de lluny, sense saber què dir-li. Aquesta paràlisi provocada per l'admiració i el respecte només l'he tingut amb Johan Cruyff i Toti Soler. Deuen assemblar-se en alguna cosa però ara no sé quina. Si no estigués escrivint aquest article a raig, de manera insensata, em faria vergonya dir el que ara vaig a dir: Soler actualitza una sensibilitat de modernitat clàssica semblant a la que representa Frederic Mompou i, com confirma Raó de viure, és la màxima autoritat a l'hora d'interpretar els nostres poetes.
  Sergi Pàmies
La Vanguardia, 03.02.2012
 
El nuevo disco de Toti Soler es una sucesión de emocionantes canciones repletas de razones vitales e imperecederas. Lo ha bautizado Raó de viure, y vuelve a dar muestras de un exquisito minimalismo en temas como el que bautiza el álbum o en la instrumental Soledat. Pero para abrir el compacto Soler ha recuperado una de sus piezas más emblemáticas: esa Sardana flamenca que grabó en 1994 y con la que deja de manifiesto su voluntad de seguir reivindicando «la música de aquí». «Nuestro origen no está en el blues, el rock, el folk... Veo muy despistadas a algunas de las bandas catalanas que triunfan ahora», se lamenta. «Es una vergüenza: ¿Dónde está la memoria, nuestra cultura?», insiste el guitarrista que mejor conoció a Ovidi Montllor, a quien vuelve a rescatar del olvido incorporando una de sus canciones en este álbum, La samarreta. «Estamos en un país que no tiene memoria, que olvida lo que se ha vivido, lo que me parece una ruptura muy absurda. De hecho, Ovidi ya lo pronosticó en los 80. Esta desinformación es lamentable». Si de algo se siente orgulloso Soler es de «esos 25 años» que actuó con Montllor, y de haber compartido partituras y estudio de grabación con el mismísimo Leo Ferré. «Era uno de mis ídolos, a quien en casa ya escuchaba con solo 12 años, así que no veas cuando me encontré tocando con él. Me enseñó una forma de trabajar, un talante que desde entonces aplico: dejar que el otro aporte su libertad para que dé lo mejor sí». Soler recuerda que Ferré no le dejó ensayar cuando grabaron su primera pieza juntos en el estudio. Esta misma filosofía es la que ha practicado, por ejemplo, con su nueva cómplice, Sílvia Pérez Cruz, una de las cinco voces femeninas que aparecen en Raó de viure. Con ella interpreta el poema de Miguel Hernández (El corazón es agua), pieza que desde hace año y medio abordan juntos en los escenarios. Sus otras mujeres son: Luisa Oswaldo Cruz (Alpargata e violao), Montse Vellvehí (Que sigui la meva ànima), Gemma Humet (Penyora d’amor) y, por último, su hija Laia Soler (Aurora). «Y es que la saga continúa», admite, entre risas. Soler tiene discos de su bisabuelo, barítono, grabados en Milán en 1900. «Su nombre real era Jaume Bachs, pero se hacía llamar Angelo Angioletti para salir el primero en el orden alfabético –recuerda–. En su tiempo era reconocido y recorrió medio mundo. Y mi abuela, que le acompañaba, hacía en los hoteles el resto de papeles de las óperas para que él ensayara». Su padre, médico, se fue a la guerra con un violín e hizo los primeros encefalogramas de España: «Era un inventor que tocaba desde música del renacimiento ¡hasta electrónica!» Su madre, que murió cuando él tenía solo 5 años, «era una gran pianista». Y en su casa siempre le han dicho que él cantaba afinando antes de hablar. Pero a Soler lo que en seguida le atrajo fue la guitarra. Y dedicarse a una profesión que cada vez ve más prostituida. «El arte y la cultura del ocio, esa que consiste en vender cuanto más mejor, son dos cosas distintas. El arte existe por sí solo, y sale solo cuándo y dónde quiere».
  Núria Martorell
El Periódico, 18.12.2011
 
Por mucho que algunos intenten negarle el pan y la sal, no escapa a nadie que Toti Soler es el guitarrista más importante con que cuenta nuestra música popular desde hace cuatro décadas y pico. Partiendo de sus inovaciones eléctricas en los tiempos "progresivos" de OM, y continuando con su destacado papel como pionero de la fusión flamenca, el autor de "El gat blanc" ha desarrollado por el mismo precio una interesante vía creativa compartiendo protagonismo con rapsodas y cantantes, que alcanzó sin duda su máxima expresión a la vera del gran Ovidi Montllor. En su última tentativa en este terreno, Toti Soler colabora con Sílvia Pérez Cruz, una cantante multidimensional a la que pudimos ver triunfar recientemente en su vis cubanizada junto a Javier Colina. Con todo el pescado vendido de antemano, y una enorme expectación en el ambiente, el guitarrista y la cantante iniciaron con "Bésame mucho" su recital en el Festival de Guitarra, articulado mayormente en torno a versiones de canciones clásicas del acervo latinoamericano combinadas con algunos originales y textos musicados de poetas catalanes. Demostrando un óptimo entendimiento entre las partes, los artistas abordaron con donosura palos tan diversos como una zamba argentina de Atahualpa Yupanki "Piedra y camino", un fado de Amalia Rodrigues "Lagrima" o una copla de toda la vida "Penita, pena" maravillosamente cantada por una Sílvia Pérez Cruz que se crece con las "jonduras". Bastante menos interesante resultaron sus aproximaciones a la música brasileña, con dos emblemáticas canciones: "Chega de saudade", de Joâo Gilberto y "A felicidade", de Vinicius de Moraes y A. C. Jobim que la cantante acometió de un modo excesivamente maquinal. Por otra parte, y en un territorio mucho más cercano, Pérez Cruz derrochó profundidad en "L'ou de la mort blanca", un precioso tema de autoría propia sobre un poema de Maria Mercè Marçal, para cosechar más tarde una de las mayores ovaciones de la noche con su refrescante interpretación de "Em dius que el nostre amor", todo un clásico del cancionero de Toti que a sus 43 años conserva intacta su tersura. Ya en los bises, y en el único tema instrumental de la noche, el guitarrista nos hizo tocar el cielo con los dedos a propósito de un magnífico tema titulado paradójicamente "El crit". Puesto en pie, el público despidió con atronadoras salvas de aplausos a este tándem artístico tan luminoso. Parafraseando a la gran Lidia de Cadaqués, eximia voz popular elevada a los altares por Salvador Dalí y Eugeni D'Ors: hay claridad.
  Karles Torra
La Vanguardia, 14.05.2011
 
La virtuose de la musique classique espagnole, Toti Soler s’est produite hier soir dans la salle culturelle de l’Ambassade d’Espagne en Mauritanie devant un public nombreux. L’artiste a superbement interprété plusieurs titres de son chef d’œuvre. « C’était un véritable régal, commente un ambassadeur qui a été visiblement bercé par les notes ». Né en 1949 à côté de Barcelone, l’artiste a étudié la musique dans cette ville avant de poursuivre à Londres. Il développe son talent avec plusieurs rencontres avec de grands noms. Le bluesman américain Taj Mahal, l’acteur et réalisateur Ugo Tognazzi … Sa musique croise le Flamenco, s’enrichit de sonorités indo-europo-andalouses. Avec la venue de grand maître, c’est un très beau cadeau que l’Ambassade d’Espagne nous offre à l’occasion de sa présidence de l’Union européenne.
 
Thiaski, 18.04.2010
 
Avec sa guitare, sa voix et ses silences, Soler distille un son cristallin sans équivalent. Classique, folk, jazz, flamenco, musiques orientales, sont les influences les plus marquantes de son répertoire. Né sous le joug de la dictadure franquiste, près de Barcelone, Soler fait partie de cette génération d'artistes qui participe à la libération de l'expression artistique catalane.
  Patrick Duval
Musiques de Nuit, 13.01.2010
 
El llega, se sienta y hace lo que mejor sabe, es decir, comunicar con una guitarra que es una prolongación de su persona. Sin emociones fingidas ni juegos de manos teatrales. Aún siendo un guitarrista excepcional, que sabe cuando y como una improvisación está justificada, Toti Soler, a lomos de esa aromática Vita Nuova, no se impone solo por su virtuosismo, sino por su concepto global, por esa serenidad que desarma.
  Jordi Bianciotto
El Periódico de Catalunya, 17.11.2002
 
Si cierras los ojos y te concentras mientras suenan las canciones (breves o brevíssimas, con letra o no), descubres pisadas de música culta y fogonazos de ironía popular, un latido que responde a un documentado respeto, sin venerarlos, por el pasado y el presente.
  Sergi Pàmies
El Pais, 17.11.2002
 
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